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El castellano no es una lengua fácil. Por mucho que sus nativos y, sobre todo, sus feroces defensores (que, normalmente, no conocen ninguna otra lengua, si no, ya se darían cuenta de la verdad de su complejidad e irregularidad) te intenten convencer de lo contrario. No es simple, está lleno de complicaciones (en algunos aspectos más que el francés o, incluso, el portugués, por mucho que este aún le gane en irregularidad y falta de lógica, en general).

Uno de sus caballos de batalla, de las cosas más complicadas del español es escoger entre poner o no una preposición.

Imaginemos que dos colegas van juntos en un turismo. Uno le dice al otro:

— ¡Acelera a tu coche!

¿Nos chocaría algo?

Evidentemente esa frase no necesita preposición. Debería ser:

—¡Acelera tu coche!

Pero, cuando nos referimos a una persona o a un ser vivo determinado sería:

— ¡Acelera a tu chica!

— ¡Acelera a tu perro!

Y es que, en castellano, no solo hay que tener en cuenta qué preposición le corresponde a un verbo, sino cuándo le corresponde y cuándo no.

Si decimos Contemplaba a San Sebastián nos referimos al primer mártir de la pisciandad.

Si decimos Contemplaba San Sebastián nos referimos a una de las numerosas ciudades erigidas (o, al menos, nombradas) en su homenaje.

Y es que, la preposición a, con algunos verbos, es necesaria para seres vivos conocidos, identificados, incluso solo para personas determinadas, pero no para lugares ni para personas o animales no concretos.

Toca decir no es posible ver desde ahí la galaxia elíptica y no no es posible ver desde ahí a la galaxia elíptica.

Hay que decir o escribir Vi gente paseando, pero si esa gente es conocida, determinada, a la que ya conocemos o a la que ya nos estamos refiriendo, sería vi a la gente paseando.

Si alguien dice durante mis dos años de prácticas observé animales es que estuvo siguiendo un número indeterminado de animales varios, pero si dice durante mis dos años de prácticas observé a los animales es que sabemos a qué animales se refiere, son unos concretos y no unos cualesquiera.

Son cosas distintas:

Odio los gatos y odio a los gatos.

Mata gente y mata a la gente

Quiero gente y quiero a la gente

En el segundo caso de cada par sabemos a cuáles nos referimos. En el primero no.

Otro motivo es lo que nos lleva a (no) poner la preposición "a" en estos casos:

Pisar a una tortuga o pisar una tortuga.

Y es que, en el primer caso le pisas algo, una parte, una aleta, por ejemplo. En el segundo la pisas entera. Y lo mismo con lombriz, caracol u hormiga.

Veamos la diferencia entre estos dos casos:

He perdido un amigo y he perdido a un amigo.

En el primer caso ha dejado de ser nuestro amigo, en el segundo hemos dejado de saber dónde está o ha dejado de tener (alguna de) las virtudes que tenía y eso ha ocurrido por nuestra causa

Ya conocemos otro conocido caso qué es lo que diferencia:

No debió ver y no debió de ver.

La primera indica obligatoriedad, deber. La segunda posibilidad, duda o probabilidad.

Esto de poner o no poner la preposición "a" cuando (no) toca es uno de los errores más habituales hasta en gente culta incluso en libros y documentales de renombre.

Gerttz